MENUMENU

● TOME SU CRUZ Y SÍGAME

Por: Luis M. Grignion

« Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, Tome su cruz y sígame » Mateo 16:24

Para que un hombre suba al Calvario y se deje crucificar con Jesús, en medio de su propia gente, es necesario que sea un valiente, un héroe, un decidido, un discípulo de Dios, que pisotee el mundo y el infierno, su cuerpo y su propia voluntad; un hombre resuelto a dejarlo todo, a emprender todo lo que sea y a sufrirlo todo por Jesucristo.

Sepan bien, queridos Amigos de la Cruz: aquellos de entre ustedes que no tengan esta determinación andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala, y no son dignos de estar entre ustedes, porque no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo, «con un corazón generoso y de buena gana». Basta una voluntad a medias para contagiar, como una oveja sarnosa, a todo el rebaño. Si una de éstas hubiera entrado en su redil por la puerta falsa del mundo, en el nombre de Jesucristo crucificado, echénla fuera, pues es un lobo en medio de las ovejas Mateo 7:15.

Si alguno quiere venirse conmigo, que tanto me humillé Filp 2:6-8 y que me anonadé tanto que llegué a «parecer un gusano, y no un hombre»Sal 21,7; conmigo, que no vine al mundo sino para abrazar la Cruz -«aquí estoy» Sal 39,8; Heb 10,7-9; para alzarla en medio de mi corazón -«en las entrañas» (Sal 39,9)-; para amarla desde joven -«la quise desde muchacho» Sab 8,2; para suspirar por ella toda mi vida -«¡cómo la ansío!» Lc 12,50; para llevarla con alegría, prefiriéndola a todos los goces y delicias del cielo y de la tierra -«en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz» Heb 12:2; conmigo, en fin, que no hallé la plena alegría hasta morir en sus divinos brazos.

«Que se niegue a sí mismo» El que quiera, pues, venirse conmigo, así anonadado y crucificado, debe, a imitación de mí, no gloriarse sino en la pobreza, en las humillaciones y en los sufrimientos de mi Cruz: «que se niegue a sí mismo».

¡Lejos de los Amigos de la Cruz esos que sufren con orgullo, esos sabios según el siglo, esos grandes genios y espíritus fuertes, que están rellenos e hinchados con sus propias luces y talentos! ¡Lejos de aquí esos grandes charlatanes, que hacen mucho ruido y que no dan más fruto que el de su vanidad! ¡Lejos de aquí los devotos soberbios, que hacen resonar en todas partes aquel «no soy como los demás» del orgulloso fariseo Lucas 18,11; que no aguantan que les censuren, sin excusarse; que los ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!

Tengan mucho cuidado para no admitir en su compañía a estos hombres delicados y sensuales, que se duelen de la menor molestia, que gritan y se quejan por el menor dolor, que jamás han conocido la cadenilla, el cilicio y la disciplina, ni otro instrumento alguno de penitencia, y que unen a sus devociones -aquellas que están de moda- una sensualidad y una impiedad sumamente encubiertas y refinadas.

«Que tome su cruz» su propia Cruz. Que ese tal, que ese hombre, esa mujer excepcional -«toda la tierra, de un extremo al otro, no alcanzaría a pagarle» Prov 31,10-, que la tome con alegría, la abrace con entusiasmo y lleve sobre sus hombros con valentía su cruz, y no la de otro; -su propia cruz, aquélla que con mi sabiduría le he hecho, en número, peso y medida exactos; -su cruz, la que le he fabricado con un trozo de la que llevé sobre el Calvario, como expresión del amor infinito que le tengo; -su cruz, que es el mayor regalo que puedo yo hacer a mis elegidos en esta tierra; -su cruz, formada en su espesor por la pérdida de bienes, humillaciones y desprecios, dolores, enfermedades y penas espirituales, que, por mi providencia, habrán de sobrevenirle cada día hasta la muerte; -su cruz, formada en su longitud por una cierta duración de meses o días en los que habrá de verse abrumado por la calumnia, postrado en el lecho, reducido a la mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras penas espirituales; -su cruz, constituida en su anchura por todas las circunstancias más duras y amargas, unas veces por parte de sus amigos, otras por los familiares; su cruz, en fin, compuesta en su profundidad por las aflicciones más ocultas que yo mismo le infligiré, sin que pueda hallar consuelo en las criaturas, pues éstas, por orden mía, le volverán la espalda y se unirán a mí para hacerle padecer.

«Que tome  su cruz», cargue  la suya propia. Que ese tal, que ese hombre, esa mujer excepcional -«toda la tierra, de un extremo al otro, no alcanzaría a pagarle» Prov 31:10, que la tome con alegría, que la abrace con entusiasmo y lleve sobre sus hombros con valentía su cruz, y no la de otro; -su propia cruz, aquélla que con mi sabiduría le he hecho, en número, peso y medida exactos  -su cruz, cuyas cuatro dimensiones, espesor y longitud, anchura y profundidad, tracé yo por mi propia mano con toda exactitud; -su cruz, la que le he fabricado con un trozo de la que llevé sobre el Calvario, como expresión del amor infinito que le tengo; -su cruz, que es el mayor regalo que puedo yo hacer a mis elegidos en esta tierra; -su cruz, formada en su espesor por la pérdida de bienes, humillaciones y desprecios, dolores, enfermedades y penas espirituales, que, por mi providencia, habrán de sobrevenirle cada día hasta la muerte; -su cruz, formada en su longitud por una cierta duración de meses o días en los que habrá de verse abrumado por la calumnia, postrado en el lecho, reducido a la mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras penas espirituales; -su cruz, constituida en su anchura por todas las circunstancias más duras y amargas, unas veces por parte de sus amigos, otras por los familiares; su cruz, en fin, compuesta en su profundidad por las aflicciones más ocultas que yo mismo le infligiré, sin que pueda hallar consuelo en las criaturas, pues éstas, por orden mía, le volverán la espalda y se unirán a mí para hacerle padecer. «Que tome su cruz», que la cargue: no que la arrastre, ni que la rechace o la recorte o la oculte. Es decir, que la lleve en lo alto de la mano, sin impaciencia ni tristeza, sin quejas ni murmuraciones voluntarias, sin componendas ni miramientos naturales, y sin sentir por ello vergüenza alguna o respetos humanos. «Que tome su cruz», es decir, que la lleve marcada en su frente, diciendo aquello de San Pablo: «en cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo» Gál 6:14, mi Maestro. Que la lleve sobre sus hombros, a ejemplo de Jesucristo, para que la Cruz venga a ser el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio Isaías 9:6-7. En fin, que él la grabe en su corazón por el amor, para transformarla así en zarza ardiente, que día y noche se abrase en el puro amor de Dios, sin consumirse Exodo 3:2. «La cruz». Que cargue con la cruz, pues nada hay tan necesario, nada tan útil, tan dulce ni tan glorioso, como padecer algo por Jesucristo. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre   Hech 5:41.

ABRAZANDO LA CRUZ

Por: Francois Fenelon

Normalmente cuando sufres, es la vida de tu propia naturaleza la que te hace daño. Cuando estás muerto no sufres. Si estuvieras completamente muerto a tu antigua naturaleza dejarías de sentir muchas de las penas que ahora te preocupan. Soporta los dolores y heridas de tu cuerpo con Paciencia. Haz lo mismo con tus aflicciones espirituales (esto es, problemas que te han puesto por el camino y que no puedes controlar). No agudices la cruz de tu vida volviéndote tan ocupado que no tengas tiempo de sentarte en mansedumbre ante Dios. No te resistas a lo que Dios trae a tu vida. Debes estar dispuesto a sufrir si eso fuera lo necesario. La actividad desenfrenada y la terquedad sólo conseguirán incrementar tu angustia. Dios te prepara una Cruz que debes abrazar sin pensar en tu propia supervivencia. La Cruz duele. Acepta la Cruz y hallarás paz aún en medio del tumulto. Deja que te advierta que si empujas la Cruz a un lado tus circunstancias serán el doble de difíciles de sobrellevar. A largo plazo, es mucho más duro vivir el dolor de resistir a la Cruz que la propia cruz. Contempla la mano de Dios en las circunstancias de tu vida. ¿Quieres experimentar verdadera felicidad? Sométete en paz y en sencillez a la voluntad de Dios, y carga con tus sufrimientos sin luchas. Nada acorta y alivia tu dolor tanto como el espíritu de nula resistencia a tu SEÑOR. Por muy bonito que esto suene, puede que no detenga tus reclamos con Dios. Lo más duro del sufrimiento reside en no saber cuán grande será o cuánto durará. Te verás en la tentación de imponer límites a tu sufrir. Seguro que vas a querer controlar la intensidad de tu dolor. ¿No ves la velada y obstinada custodia que ejerces sobre tu vida? Este control hace que la Cruz sea una necesidad primaria. No rechaces la obra completa que el poder de la Cruz podría llevar a cabo en ti. Por desgracia, se te obligará a acudir al mismo terreno una y otra vez. Y lo que es peor, sufrirás mucho, pero tu sufrimiento no tendrá propósito alguno. ¡Que el SEÑOR te libre de caer en un estado interior en el que la Cruz no obra en ti! Dios ama al dador alegre. 2Corintios 9:7 ¡¡Imagínate cuanto debe amar a aquellos que se abandonan a sí mismos a Su Voluntad con aliento y por entero, a pesar de que el resultado sea su crucifixión!!

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